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Solemnidad del Castísimo Patriarca San José

  • padremauriciofsic
  • 19 mar 2022
  • 6 Min. de lectura

Homilía

Solemnidad del Castísimo Patriarca San José

19 – Marzo – 2022


Hoy elevamos nuestra mirada al Misterio de la Paternidad de Dios, un Padre que no abandona a su Hijo muy amado (Mt. 3, 17), sino que, con gran delicadeza, escoge a un Varón especial para que en Su Nombre y con su Autoridad, lo Custodie y Provea. Meditar en la figura excelsa de San José, es contemplar de una manera singular y única la Vocación a la Paternidad, tan demeritada en esta generación incomplaciente que, en afanes de autosuficiencia, se hace cada vez más esclava de las pasiones y de sus propios caprichos. ¿Cuántos de nosotros, que acercándonos a la Protección de San José, hemos sentido su sostén y su fortaleza, los mismos que brindo al Divino Niño y a su Santísima Esposa en los terribles tiempos de persecución? Que hemos experimentado de un modo patente su auxilio y su intercesión.


Este tiempo, podemos decirlo con certeza, no es ya el tiempo en el que San José deba permanecer en el silencio. Puesto que ciertamente él quiso permanecer en lo íntimo, en lo reservado de Nazareth, Cristo, Señor, en su Divina Clemencia, le tuvo por excelso en esta vida y le cobijo en la hora de su tránsito glorioso de este mundo al Seno de Abraham, como Siervo Bueno y Fiel, entro a tomar parte del gozo de Su Señor con la suavidad de ser presentado en medio de los ángeles y de los encendidos serafines para ser coronado a la cima entre todos los Justos y Bienaventurados de la Antigua y Nueva Alianza, pues en ningún varón, se pudo encontrar Gracia semejante a la de José, para que l contemplara y palpara en carne propia, aquello que los Santos Patriarcas y Profetas solo alcanzaron a imaginar y que les fue revelado en la Profecía: Ver al menos a lo lejos el paso del Salvador, y tanta fue la gracia que Dios infundio en el alma de este Castísimo Patriarca, el último de la Ley Antigua y el Primero de la Plenitud Nueva, que no solo vio al Salvador recorrer sus pasos, sino que lo cargo, lo proveyó, daba su vida por él. Las Profecías Davídicas, alcanzan su realización en San José, Hijo de David en toda la suma Justicia de la Divina Miseración para con la Humanidad entera.


Así como en tiempos antiguos, aquel José, Hijo amado de Jacob, después de su purificación en Egipto, fue enaltecido y puesto como señor como de la Casa del Faraón, administrador de todas sus posesiones, porque hayó gracia ante el soberano, de un modo pleno, José encontró Gracia ante el Trono de Dios Eterno y no solo le confío la posesión de su Hijo y Redentor Nuestro, sino que, en benevolencia exquisita, nos ha confiado a cada uno de nosotros, Cuerpo de Cristo que somo la Iglesia.


Así como por el Orden natural de la Gracia Divina, el infierno y sus agentes están sometidos por Ley a la mano de la Divina Trinidad y por una excelsa gracia de singularidad al pie Virginal de la Santísima Virgen María, por una gracia que ningún justo alcanzo, podemos llamar con entera justicia a San José el Terror de los Demonios por el Don de su Pureza y de su Humildad de Esclavo del Señor, que hizo las veces de Padre corrector en la Caridad, de sostén en la preocupaciones y que arropo con el más tierno amor de los esposos a María, Hija Predilecta del Eterno Padre, Madre Castísima del Hijo y Esposa Purísima del Espíritu Santo, solo San José gozo, después de esta Bienaventurada Virgen, de la Plenitud del trato con la Santísima Trinidad como común y sobrenatural vivencia de hogar. Y si María Santísima meditaba y guardaba todo esto en su Inmaculado Corazón, no podemos decir en absoluto nada contrario de José, que, en el silencio más delicado, guardaba todo ello en su Castísimo y Amante Corazón.


Hoy, aún en medio del desasosiego y de la incertidumbre de los tiempos actuales, nos reunimos con el corazón rebosante de alegría, a los pies de este Castísimo Patriarca, y nos acogemos, como Toda la Santa Iglesia extendida en el Mundo, a la Protección y Amparo del Padre Custodio del Redentor. En este momento de tribulación para la Iglesia y para el mundo, San José se abre entre las tinieblas como un lucero luminoso, para guiarnos y para estrecharnos hacía su regazo para librarnos de los peligros presentes y de los ataques que, con furor creciente, el infierno tiende contra nosotros, así como libró al Salvador y a la Santísima Virgen en su refugio en Egipto. De una manera especial y espiritual, vivió en sí mismo la prefiguración de la Pasión que habría de padecer el Señor, y que sin duda, de haberla presenciado, hubiera extendido sus manos y sus pies para morir en lugar suyo, buscando cumplir con fidelidad el encargo de la Divina Providencia, mismo que cumplió como ningún ser humano lo ha podido llevar a término, y es por ello que dispuso la Omnipotencia del Padre Sempiterno, llevarlo hacia sí antes que la Plenitud de la Redención se cumpliera con el Sacrificio del Cordero, Jesucristo, suma Víctima que también a su Padre amoroso debía redimir por el precio infinito de su Santísima Sangre.


Hoy, comenzamos de un modo especial y jubiloso, como lo hemos leído al inicio de la Celebración, esta preparación como Iglesia, buscando con ánimo fervoroso y a semejanza de San José, ser fieles a la Llamada que el Señor nos ha hecho, para servir de una manera más estrecha a la Salvación de las almas y a extender en tanto nuestras fuerzas humanas lo permitan, con la Gracia de Dios, el Reino de Jesucristo en esta sociedad cada vez más alejada de Dios y que se desmorona a pedazos.


Deseamos poner a tus pies, Oh dulcísimo Patriarca, nuestras aspiraciones y esperanzas, nuestras intenciones y nuestras fatigas, nuestras preocupaciones y también nuestros miedos al porvenir de este siglo y nuestros temores que nacen de nuestra fragilidad y expectación que, por nosotros mismos, somos antes capaces de llevar a muerte esta Obra antes que desempeñarla con fidelidad. Nos postramos ante ti, oh celoso Siervo de Dios, para que nos modeles en tu escuela de fidelidad y de humildad, para que sea Jesucristo quien resalte en todo aquello que hagamos y no el humano deseo de sobresalir y alcanzar la corona que se marchita aquí en la tierra, sino de alcanzar la corona que no muere, semejante a la que llevas por ventura sobre tus cienes.


Te encomiendo mi Ministerio, que indigno se ha colocado sobre mi débil cabeza, para que con tú ejemplo, pueda responder a las exigencias y necesidades de la Santa Iglesia. Que no escatimen en mí, los ánimos de desgastar mi vida y mis fuerzas en favor de las almas. Enséñame la dulzura con la que velaste por Jesús y María, para velar por aquellas almas que la Divina Clemencia me ha encomendado como Padre y Pastor. Enséñame a guiar al Pueblo de Dios que me has encomendado, como el Pastor guía y provee a las ovejas de pastos abundantes y verdes y les conduce a las fuentes de aguas purísimas con las que puedan saciar su sed. ¡Oh Custodio celosísimo del Sacramento de Cristo!


Ruega por toda la Iglesia que se acoge en este día a tu Patrocinio y Amparo, sostenla en las tribulaciones que ahora enfrenta para que, radiante por medio de su purificación, se encuentre digna de recibir a Jesucristo, Nuestro Señor en la Plenitud del Final de la Historia. Acoge a los moribundos, que al partir de esta vida al Padre, te encuentren junto a ellos, como tú gozaste de la excelsa compañía de Jesús y de María en el lecho, defiéndelos de los ataques de los espíritus infernales.


Sostén a los padres y a las familias, guía a los gobernantes, protege a los desvalidos y desamparados. Tú, que acogiste a Quien es el Camino, la Verdad y la Vida, disipa las tinieblas de muerte que se ciernen sobre nuestra amada Nación y sobre el mundo entero tan cubierto de sangre inocente por los crímenes atroces del aborto, de las rencillas entre hermanos por medio de los vicios. Guía a los jóvenes en el camino de la pureza y de la rectitud, sostén a los Pastores que tambalean en su Vocación, y alcánzales las gracias necesarias para responder fielmente a la tarea que han recibido.


Ruega por nosotros ante el Trono de la Divina Clemencia en unión de las oraciones y súplicas de tú amadísima Esposa María Santísima para que desciendan sobre nosotros, como copiosa lluvia, las misericordias del Señor.


San José, Protector de la Santa Iglesia…. Ruega por nosotros.

San José, Terror de los Demonios… Ruega por nosotros.



Rvdo. P. Mauricio P. Solís

+ No Romano +

 
 
 

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