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Carta a un Seminarista

  • padremauriciofsic
  • 21 mar 2022
  • 4 Min. de lectura



Has de encontrar, querido Hijo, que la Vocación al Sacerdocio, no está sino llena de contrariedad, incluso desprecio y soledad, aún rodeado de gente querida, porque el Señor nos comparte y vive en nosotros la prolongación de su Pasión, ¡Sí! De un modo especial, el Señor encarna en nosotros los sentimientos que que lo abrumaron en el momento culminante de su vida terrenal, no revive en nosotros los tormentos reales y carnales a qué el mismo fue sometido por amor de los hombres, sino que une a nuestra carne, los dolores espirituales que padeció en Obediencia al Padre.


Si aspiras a esta vida, has de aprender a amar la Pasión y las Llagas del Señor, que te llama a unirte a El de un modo total y perfecto. En el momento que el sacerdote extiende sus manos para ser ungidas con el bálsamo, es de un modo real que las extiende como Cristo en la Cruz, es el ahora el Obispo quien te tomará y quién traspasará tus manos, para asemejarte a Cristo Sacerdote, que se ofrece a sí mismo como Víctima, serás ahora víctima con Cristo, él sera ahora quien te ofrezca al Padre, porque es este mismo Cristo quien te ha elegido.


No eres tú el que escogió, grabate esto, tu solo has respondido con generosidad a una llamada que nació incluso antes que tú mismo vieras la luz y pudieras siquiera exclamar tu primer balbuceo. Cómo enseña el Profeta: "antes que te formarás en el seno de tu Madre, antes que tú nacieras, te conocía y te consagré" (Jer. 1, 5-12), Cristo se ha parado delante de tu nada, y te ha extendido su Mano, te ha Mirado por encima y entre de muchos más, tal vez más capaces y aptos, con mejores dones, y sin embargo, te ha Mirado a ti por encima de todos ellos, porque sabía que entre todos, tú serías capaz de responder como ellos no lo harían. Aún a pesar de tus debilidades, a pesar de tus caídas, a pesar de que tú mismo tantas veces has dudado.


En todo, el Sacerdote ha de asemejarse a Cristo Siervo y Víctima. Y es aquí, dónde podrás venir y recordar aquellos tiempos de Formación y delante del crucifijo y te podrás preguntar: ¿Cómo es que llegue hasta aquí? ¿Cómo es que no me cansé en caminar a pesar de las dificultades, humillaciones muchas veces de los compañeros, otras de los formadores? Y es que a quien el Señor le ha de encomendar un Ministerio Fecundo, debe quebrarlo de sí mismo, lo fortalece.


Así como el Señor fue sostenido por medio del ángel en la Agonía del Huerto, dónde parecía abandonado, con el futuro Sacerdote, es este mismo Cristo Señor, el que le sostiene, el que te ha venido sosteniendo, Hijo, dónde has escuchado que no vale la pena soportar, es el mismo Espíritu de Dios quien te ha impulsado de manera misteriosa a seguir adelante, a no desfallecer, a poner tu mirada no en los hombres, sino en la Cruz, a abrazarla, amarla, así como el Señor la amo y la abrazo por amor de ti mismo y de tus hermanos.


Pocos son los que se vencen a sí mismos por amor, no de hombres, sino por amor de Cristo y de su Reino. Cristo no nos necesita para salvar a los Hombres, somos nosotros los que necesitamos de Cristo para ser salvados, y sin embargo, Cristo nos ha tomado para llegar a estos hombres que desea salvar. El se asemeja a nosotros y nosotros a el, para hacer visible su amor en el mundo. Nos crucifica junto con él, para que elevados por la Gracia entre el cielo y la tierra, le vean crucificado y traspasado, hecho varón de dolores, de los mismos dolores que vivimos nosotros, que nos comprende, que comparte nuestras lágrimas para sanarlas, nuestros sufrimientos para darles alivio.


Ese ánimo no te lo da la terquedad ni la obstinación, sino el Espíritu mismo que te han dado, el fuego de la Vocación de ser otro Cristo y de ser la Cruz dónde Cristo sea clavado.


Mantén firme tu entereza, tu fe y tu confianza, que no puede decir reprochando el enemigo: ¿Dónde está la mano del que te llamo? ¿Dónde está el valor de responder con tanta delicadeza y empeño? Porque él decidió no servir, en cambio tú, te niegas a ti mismo y a tus deseos por una corona que no se marchita, aunque ahora debas llevar una corona de espinas espiritual que a veces parece vencerte, que te hace llorar y titubear. Cristi te sostiene, Cristo te fortalece, Cristo te une a sí mismo como no va a unir a nadie más, porque tú Cruz es a tu medida, no a la de ningún otro, Cristo la hizo para ti y para nadie más, ese es el regalo que nos ha prometido, un regalo contradictorio con el pensamiento del mundo, porque el mundo no a aprendido a amar desde el desprendimiento, y el amor a la Cruz es desprenderte de ti mismo, por eso el joven rico se entristeció, porque se dejó vencer por sus seguridades y no acogió la libertad de los bienes, era bueno en los dones que Dios le había infundido, pero no supo ponerlos por entero al Servicio del Reino que muchas veces no paga como esperamos en esta vida sino con la persecución y el menosprecio, pero que son remunerados al ciento por uno en medio de los bienaventurados.


La paz contigo.

 
 
 

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