Mensaje por el Santo Tiempo de Cuaresma 2022
- padremauriciofsic
- 14 feb 2022
- 4 Min. de lectura

“Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación
y la condenarán; porque ellos se convirtieron”
(Lc. 11, 32)
Queridos Hijos:
El Santo Tiempo de la Cuaresma, siempre es una oportunidad a volver la mirada a la Misericordia de Dios, a confiar y a esperar en ella, pero esa confianza en ella, debe brotar antes de un profundo y sincero arrepentimiento de haber pecado, no por el miedo imperfecto del castigo, a lo que llamamos atricción, sino un dolor perfecto por amor a Dios, porque ofendimos a quien tanto nos ha amado, a este dolor la Iglesia lo llama contrición, es un dolor que brota del Santo Temor a Dios, no del miedo al castigo del infierno, que ciertamente es una realidad que como fe de la Iglesia no podemos negar, sino de un profundo amor a Dios que se nos muestra a cada momento, un amor paciente, gratuito, que siempre esta a la puerta llamando, esperando a que le abramos (Ap. 3,20).
A pesar de que este Tiempo de Penitencia es de alguna manera repetitivo, en la sabiduría de Dios dada a la Iglesia, es la manera sensible por medio de la que Cristo nos recuerda la necesidad de la conversión de nuestros corazones qué en la gran mayoría del mundo, se hacen cada vez más duros, insensibles y necios a las realidades espirituales, pero también a las humanas. Un mundo que pierde de vista cada vez más que está llamado a ser sal y luz que dé sabor e ilumine en medio de las tinieblas del error, del materialismo, del consumismo, del individualismo que cierra al hombre la posibilidad de amar y sentirse amado con la pureza que Dios ha puesto en su corazón por la gracia renovadora del bautismo y que a cada momento esta llamado a reavivar por medio de los Sacramentos, especialmente de la Confesión y de la Eucaristía.
Con tristeza y estupefacción, contemplamos que esta generación avanza a pasos agigantados a su autodestrucción, no solamente por medio del azote de las guerras que amenazan con estallar, o de la enfermedad que ha venido a poner de manifiesto la fragilidad de los cimientos del hombre más elementales y sensibles, sino en una autodestrucción espiritual y moral. Un alejamiento cada vez más latente de la Ley de Dios y de toda cordura incluso humana. Una concepción de la realidad que solo una mente auténticamente desordenada, por no decir desquiciada tomaría por normal y que va contra todo orden espiritual y en la naturaleza; podemos decir que una vejación colectiva, una “realidad” alterna en el mundo actual, donde al bien se le llama mal y al mal se le llama bien casi absoluto, donde se impone sin tener una consideración para el discernimiento.
Bien podemos decir que esta Generación se encuentra al borde no solo de una necesaria, sino urgente purificación desde sus más hondos cimientos, una sacudida de tal magnitud, que cimbre cada mente, cada corazón, incluso a la misma sociedad, como una máquina descompuesta que hay que desarmar para volver a poner cada una de sus partes en el orden que le corresponde. Solo así, sin duda alguna, el mundo podrá alcanzar a comprender la magnitud tan fatídica del camino por el que libremente ha optado engañado por falsas promesas de una libertad que los hace cada vez más esclavos de sí mismos y de sus pasiones desordenadas, donde han sido manipulados con falsas y momentáneas esperanzas, alejados del verdadero Camino que conduce a la Libertad definitiva para la que estamos llamados.
Este momento de la Historia Humana y desde el mismo seno de la Iglesia, es necesario, con un grito de urgencia, levantar la mirada que hemos agachado y contemplar el Signo de la Cruz y al Crucificado que en ella nos ha liberado de nuestras ataduras de pecado y de muerte. Que se ha puesto en lugar nuestro y que es sobre él, en quien se ha descargado todo el peso del castigo que nosotros hemos merecido a causa de nuestras rebeldías. Mientras nosotros no somos capaces de ofrecer a Dios actos dignos, es él, Cristo, quien se ofrece en nuestro nombre como Sacrificio Digno que nos trae la paz. Hoy, el mundo ve en la Ley de Dios un yogo en extremo pesado e imposible de llevar, y ciertamente, para el que ha caído de la mirada sobrenatural y a tomado el engaño del mundo, del demonio y de la carne por estilo de vida, ciertamente resulta insoportable, porque ello implica renunciar, morir a sí mismo, pesa más la libertad que Dios ofrece, que las cadenas con las cuales libremente se han atado, pero en el día del Juicio Particular y Final, pesarán un abismo esas mismas cadenas que hoy son casi invisibles y a las que tantos se han acostumbrado a llevar.
Es necesario dar una pausa e ir contra toda corriente, tomar la Cruz y subir a ella junto con Cristo, es él quien le da sentido a la Cruz, quien la endulza en medio de la desesperación humana que puede parecer inevitable a la debilidad, pero es él quien nos fortaleza y nos sostiene para seguir adelante, para perseverar, él mismo lo ha prometido: “El que persevere hasta el final, ese se salvará” (Mt. 24, 13).
Dios no ha de forzar nuestra voluntad; toma lo que le damos; más no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo (Santa Teresa de Jesús). Dios nos ama profundamente y en su paciencia nos espera y nos llama a cada momento, que este Santo Tiempo de Cuaresma nos modele en la escuela de Cruz, de la renuncia a nosotros mismos, para que alcancemos plenamente la resurrección de entre los muertos de esta generación; muertos, porque aunque el cuerpo aún tiene vida, han ahogado la vida en el espíritu, la vida de la Gracia Santificante.
Imparto de corazón mi Bendición, invocando en este Tiempo de Gracia, de Conversión y Penitencia, los dones necesarios para la propia santificación y la santificación de la sociedad, para instaurar el Reinado Social del Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.
Rvdo. P. Mauricio P. Solís
+ No Romano +
Dado en la Ciudad de Mexicali, B.C. a los 14 días del mes de febrero del año del Señor 2022.




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